Kepa Uriberri : Almuerzo de viernes

Varios de los que estuvieron ahí insisten en decir que fue un sábado por la noche, a eso de las nueve, cuando cada uno de los solitarios de siempre se acerca a esa mesa del bar, cercana al piano y entre risas tristes y nostalgias le piden al pianista: «Tócate esa de Billy Joel». Pero yo sé que no. Yo nunca voy al bar los sábados. Sé que era un viernes que nos habíamos sentado, como siempre, a las dos de la tarde para almorzar sin tiempo, de modo que nos daban las cuatro con el bajativo de la casa, las seis con la repetición y a las ocho comenzaba a llegar gente a nuestra mesa con la «Hora Feliz». También llegaba un pianista o un cantante de baladas o boleros. Todos pedían canciones y las repetían con voz arrastrada.

Nosotros hablábamos de nada y de todo, inventando mentiras que divertían a la gente que se iba sentando a nuestra tertulia. Ese día Martín, como si lo estuviera viendo hoy, tenía los dedos manchados de verde vejiga y bermellón, por eso cuando se acomodaba la bufanda árabe lo hacia con un gesto extraño con el dorso de la mano, para no mancharla. Yo imagine que si su boina hubiera sido del color de las manchas en sus dedos y lo hubiéramos maquillado, también con esos colores, podría haber representado un payaso en vez del pintor que era. Así se lo dije. Riendo contestó que la «Mariné» podía representar a la trapecista y a ella le pareció bien. Creo que había jalado bastante a esa hora, porque comenzó a sacarse la ropa para representar su rol y cambiaba de humor con facilidad. Martín era Clavero y la «Mariné» (el papel que solía representar cuando Martín tomaba el rol de galán de fotonovela e imitaba a Gary Cooper) encarnó a una Thereza muy posmoderna. En menos de un par de minutos estaba en sostén y calzón brincando en la mesa entre la alegría, que me pareció triste, de la multitud que se arremolinó a verla y trataba de sujetarla después de cada pirueta.

Mientras ellos jugaban, uno a un Clavero galante y celoso, la otra a una trapecista audaz y toda la comparsa de la mesa aullaba entre público y coristas, compuse, sobre las servilletas de papel, mi propia oda a las candilejas. Therry en esta versión es por supuesto la estrella del trapecio, y aunque no lo ama, es la mujer del director. Tal vez, nadie puede estar seguro, ella ame en secreto al payaso, o quizás sólo siente lástima por este hombre viejo y ya acabado que persiste en actuar de galán y declararle su amor. Cada día reza antes que Therry salga a escena para protegerla de esta manera, pues no tiene otra, del peligro de la audacia que es más y más riesgosa. Clavero sospecha que Corales, el director, y su dueño, le exige ser cada vez más arrojada. De esta manera la ha convertido en la atracción principal del circo.

— Palomita —, le advierte Clavero, — los trapecios están húmedos y puedes perder la coordinación. Corales, hoy, te hace saltar desde el mástil central de la carpa; el más alto. Cualquier vacilación te hará perder la llegada y caerás al vacío. Recuerda que no tienes red de seguridad. No hagas ese salto. ¿Qué sería de mi si caes al vacío?.

La Mariné subió una silla sobre la mesa. Entre los gritos y festejos de los parroquianos sube hasta quedar en equilibrio inestable en el borde superior del respaldo. Semidesnuda, llama la atención del barman, del hombre al piano y de una de las meseras de pelo verde y labios verdes, de ojos de serpiente verdes, que le grita desde la distancia:

— ¡Bájate de ahí, huevona, eso no está permitido!

La Mariné la ignora. Clavero intenta sostenerla para impedir el salto en el que puede partirse la espina. Creo que en ese momento le declara su amor verdadero:

— ¡Therry! — le suplica —: Nunca me dijiste tu nombre real. Dime, al menos, si tal vez me amas.

Yo escribo en mi servilleta de papel:
«Una paloma sin alas
observa, audaz,
la pista desde lo alto.
Piensa que es la heroína
nunca podría pasarle nada
a esta pájara liviana
antes de saber batir sus plumas
que tal vez no tenga.

«Airosa alza un pie
sostiene un equilibrio gracioso
sobre el otro
despliega las alas que no posee
mientras Corales pide aplausos
y Clavero llora.

«¿Quién te cortó las alas
Palomita loca?
¿Por qué te arrojas al vacío
sola?»

La Mariné, vacilante, apura un giro antes que la mujer del pelo verde la alcance. Con manos de uñas verdes ase la silla por las patas y la saca del equilibrio de la paloma, que vuela por los aires y se posa en el barandal del segundo piso, triunfante.

Yo escribo en la servilleta:
«Thereschenka, la artista del trapecio, confiesa:
— Este vuelo mortal lo emprendo porque quisiera, pero no puedo amarte.

«Corales pide aplausos al público
pide redobles y armónicas a Billy Joel
pide risas a los payasos
pide fiesta de las fieras a los domadores
pide llanto de amor imposible a Clavero
y dice:
Despliega tu pasión, alza tu vuelo, confiesa tu amor.
¡Aquí lo espero!»

Alguien agita una fusta, golpea la barra y pide orden. «No hay red» reclama Clavero. La Mariné salta desde la balaustrada donde cada noche lo esperara; Martín se tapa los ojos con la boina, la mancha de verde vejiga y bermellón; la armónica gime la canción del perdedor. La droga sostiene el vuelo de la pájara que rodea el salón intentando escapar por las altas vidrieras donde se estrella. Finalmente se posa en una viga del tejado. Sin descubrir su rostro, Martín solloza: «A lo menos siempre te amé, mariposa de mis noches. No caigas con estrépito ahora».

Escribo en la servilleta:
«Corales alza su látigo de rector
y fustiga al pianista:
— ¡Fanfarria! — exige.
Piano y armónica la ejecutan.
la artista del trapecio salta
desde el alféizar de la alta ventana
y su vuelo termina suave en la balaustrada.
Con las alas desplegadas desciende
las escaleras, triunfante».

Pero no es verdad. La fanfarria del piano y la armónica, los clamores de la gente ocultan la tragedia.
— Se le advirtió — alega Corales manteniendo a raya, con su látigo, al público que quisiera lincharlo.
— Se le advirtió — solloza Martín, — no tenías red.
— Se le advirtió — canta el baladista, — si no hubiera estado atada a la droga, jamás habría sido, del trapecio, una artista.
— Se le advirtió — gime la música de la armónica.
— Se le advirtió — escribe el pianista en su teclado.
— Se le advirtió — brama el público sentado a nuestra tertulia.

Yo me he quedado sin palabras para escribir. Tomo de la cintura a la mujer del pelo verde, de los ojos verdes de serpiente, de la boca pintada de verde, con las uñas verdes y su delantal fosforescente verde y nos vamos del lugar, sin amor, sin compromiso, sin futuro.

El viernes siguiente, y el que sigue, y el que lo siguió, y muchos más, el bar estuvo cerrado. El siguiente verano inauguraron en el lugar la embajada de un país desconocido y lejano.

Me suelo sentar ahí, en el suelo, y escribo como siempre, lo que me viene en gana. Por ejemplo: «Ella tenía clavado un puñal entre los pechos».

Kepa Uriberri

 

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